El camino

-Es hora papá- dijo Sebastián mientras guardaba en sus bolsillos los papeles de LA CASA DEL ANCIANO-. Vamos- tomó las dos maletas y lo esperó a que se levantara.
Don Carlos tomó los dos portarretratos a su lado, uno en blanco y negro de su día de boda, y el otro de su nieta, quien ya no vivía con ellos desde que su ex nuera se había mudado de ahí. Hizo un pesado intento de levantarse del sofá, y tuvo que caer de vuelta a su lugar bufando. Tomó aire, hizo un gran esfuerzo y por fin caminó lento y pesado hacia la salida.
Cuando subió al coche, su hijo cerró la puerta y empezó a dar la vuelta por fuera. Don Carlos puso el seguro, y pensó ES HORA CABRÓN. Hizo un rápido movimiento saltando rápida pero dolorosamente al asiento del conductor. Oprimió el botón START ENGINE, el motor renqueó por un segundo mientras su hijo le golpeaba la ventana y gritaba PAPA QUÉ HACES. Bombeó con el pié y por fin, después de dos largos segundos, aceleró y se alejó en un rechinido mientras se carcajeaba y prendía el foco KEY NOT IN THE CAR.
-BENDITO GUARANÁ- pensó Don Carlos. Y por primera vez en mucho tiempo, su expresión se tornó gozosa. Puso su estación de radio favorita.
– 911 ¿Cuál es su emergencia? – preguntó la operadora.
– Mi papá, acaba de llevarse mi coche. Es una persona mayor, y tiene inicios de Parkinson. Podría causar un accidente-. Después de describir el auto y otras generalidades, le aseguraron a Sebastián que alertarían a todas las patrullas del área.
NO TE PIERDAS POR FAVOR. Se dijo Don Carlos. Y en efecto, no se perdió. Al estar a unas cuadras ya de su destino, una patrulla le sonó la sirena y se emparejó con él. El oficial le hizo la seña de que se detuviera de inmediato, pero no le hizo caso. La patrulla lo rebasó rápidamente y se paró más delante, atravesada en medio de la calle. El policía se bajó y se paró enfrente.
¿ES ESTE EL FINAL? Se preguntó Don Carlos.
En ese momento empezó a sonar en la radio BORN TO RUN de “El Jefe” Bruce. Era una señal de que tenía que seguir.
Don Carlos aceleró y el policía tuvo que dar un salto hacia atrás antes de que golpeara la patrulla para abrirse paso. El corazón de Don Carlos bombeaba como no lo hacía hace muchos años y su alma se prendió como una farola en una plaza después de años de olvido.
En ese momento su mano derecha empezó a temblar, cambiando la dirección del coche rápidamente. Tomó el volante con la otra mano y enderezó la trayectoria. NO ME FALLES POR FAVOR, SOLO ESTA VEZ LO PIDO, le dijo a su brazo izquierdo. Llegó a la esquina que buscaba y se bajó del coche sin apagar el motor.
Atrás de él ya estaban dos patrullas, cuatro policías, su hijo Carlos que ya había sido avisado del barullo, y algunos vecinos mirones que habían escuchado todo el desmadre. Los oficiales se acercaban a él rápidamente. Don Carlos sacó entonces un revólver de su bolsa derecha. Sólo él sabía que no tenía balas, pero esa era su última carta. Se puso el revólver en la sien y les dijo, HAGANSE PARA ATRÁS CABRONES. Todos retrocedieron. Caminó hasta el porche de la casa en la esquina y tocó el timbre.
Le abrió Héctor, su amigo de toda la vida.
– ¿Pero que pasó? – dijo Héctor asombrado al ver a los policías, a los mirones, y a su hijo boquiabiertos atrás de él.
– Hoy es tu cumpleaños, vengo a brindar como siempre.
– Es mañana, pero no importa.
Don Carlos se dio un golpe en la cabeza y ambos se rieron.
– Espera- dijo Héctor mientras desaparecía un minuto y regresaba con dos vasos de whiskey.
– Salud, a nombre de Fernando, de Ricardo y de Pepe, que ya no están con nosotros. Y los que no se aparecen porque les pegan en su casa – brindaron.
El Whiskey pasó por sus gargantas como fuego que les hizo olvidar las dolencias y que el tiempo se acababa.
Después de unos minutos, Don Carlos soltó el revolver y caminó hacia las patrullas.

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