El pasillo de humo

 

2005, momento actual

Pocas veces me he sentido así, sobrepasado, abrumado por lo que me rodea. Tal vez la noche en que apenas arrancaba el camión, dormité un instante y desperté a cientos de kilómetros de casa, o el atardecer en que estaba de espalda al mar y una ola me golpeó e hizo girar al cielo y la arena como en una lavadora, o la madrugada cuando llegó flotando por la radio una canción que nunca había escuchado, pero sin entender cómo, la reconocí y me llenó de tristeza. En cada una de estas ocasiones, cuando mi corazón empezó a galopar como un percherón, me tranquilicé cerrando los ojos y dando un paso atrás.

Un paso atrás. Hoy eso no está funcionando.

Estoy sentado frente a un espejo enmarcado por focos, escuchando a lo lejos los silbidos de miles de personas, como cigarras en verano. Dentro de unos minutos caminaré por un pasillo oscuro y lleno de humo, hacia el ruido de la gente, hacia la luz. Levantarán una cortina, subiré una pequeña escalera, y estaré a tan corta distancia de eso, que si estiro la mano lo tocaré:

El momento para el que me he estado preparando toda la vida.

Mi Thunder está atrás de mí, esperando que lo lleve conmigo, que lo levante y le dé vida. – ¿O él me levanta a mi? – Está soberbio, recargado en la pared, con su imponente color negro bordeando el triángulo color hueso. Me asaltan dudas serias: ¿Será esto como lo imaginé? ¿Merecemos estar aquí tan rápido? ¿Mi papá estará orgulloso de mí? Y también algunas más ordinarias: ¿Debería ir al baño de una vez? ¿Alguien grabará esto en youtube para que luego lo vea mi madre y el Rober?  

Me distrae por un momento William, que está respirando agitadamente mientras un paramédico le toma la presión. El Hormiga entra al cuarto, y como buen mexicano le trae un remedio infalible: una Coca Cola.

Veo de nuevo al Thunder y su cuerda de MI, la cuerda que empezó todo. 

Mi primer encuentro con el bajo es una historia de lo más ordinaria, pero cuando la recuerdo se me eriza la piel.

1995 El Piedras y el llamado

El bajo, la cama en la que se hizo el amor y se concibieron todas las canciones memorables que se han hecho en los últimos cincuenta años. Si eliminamos el bajo de todas las canciones, no quedaría más que un pez agitándose fuera del agua, abriendo la boca, indefenso.

Era un jueves de 1995, a mediados de secundaria, y fuí a comer a casa de mi amigo Juan el Piedras. Así le decían desde que descalabró al enemigo de todos, al golpeador, de un certero riscazo. Su padre era médico de día y músico de noche, el bajista de uno de los grupos de bodas más respetado de la región. Cuando terminamos de comer, pasamos por el salón de ensayos de su papá. Mientras caminaba frente a la puerta, un reflejo de la luz del sol dió en mi cara, me detuve y Juan chocó conmigo.  El reflejo venía del bajo color rojo de su padre, que descansaba en su soporte.

-¿Sabes tocar? -le  pregunté.

Hizo el chiflido-guiño que entre pubertos significa a huevo. No tuve que decir más, mi pregunta lo puso en marcha. Entramos al estudio, sacó una caja de cassettes, vió las tapas, eligió uno y lo insertó en el reproductor PIONEER. Tomó el bajo, y a sabiendas que lo veía con boca abierta, se pasó la correa por detrás del cuello en un movimiento de estrella de rock. Lo conectó, y sonó el destello sonoro/eléctrico que ahora escucho tantas veces al día.

Pulsó play.

Eligió una canción muy antigua que solo tocarían en la estación El fonógrafo: Reach out I´ll be there, de Los Four Tops. Era muy vieja, pero perfecta para lucir el bajo. Lo escuché acompañar el audio durante cinco minutos, aporreando las cuerdas, haciéndolas vibrar.  

Al terminar, esperé un segundo y le dije a Piedras:

-Presta.

El dudó un segundo, era claro que prefería que yo no lo tocara, pero ¡PRESTA! se lo arrebaté de las manos. Lo cargué torpemente, y con mi dedo medio, toqué con toda la fuerza posible la cuerda suelta de MI, la primera que ví. El sonido fué atropellado pero cargado de vida.

-SSSHH, espera espera -dijo Piedras con cara agria, y lo quitó de mis manos.

Esa noche, en la cena, en vez de escuchar lo que decían mis padres y mi hermano el Rober, yo solo sentía el retumbar del bajo vibrando aún en mi pecho. Estaba yo elevado de la emoción.

El día siguiente negocié pagarle clases en su casa a Piedras, y al final del verano siguiente, con ayuda de un trabajo en Blockbuster, me hice de un bajo de principiante. Cuando mis padres no toleraron más las vibraciones, compré unos audífonos, con los que pude practicar diario hasta después de medianoche, con una lámpara encendida en mi habitación. Solo tenía un obstáculo: todas las noches poco después de las once, mi padre abría mi puerta para confirmar que yo dormía. Yo me metía en la cama un poco antes, cerraba los ojos unos segundos, él se asomaba, y se iba en silencio. No fuimos una familia que rezara o fuera a misa, pero siempre tomé esa visita como una bendición de su parte.  

Año 2000, Quiero ser

Estaba al final de la prepa, y después de cinco años, ya era un bajista bastante decente para el nivel de las tocadas de mi ciudad. El Piedras ya se había quedado atrás de mí, y aunque parece que eso le molestó y causó distancia entre nosotros, nunca dejaré de agradecerle.

Me había hecho amigo de El Hormiga, un guitarrista que sabía conectar músicos y podía organizar un concierto en par de horas. Con él conseguía tocadas constantemente, con todo tipo de compañeros, a veces buenos, a veces no tanto. Recuerdo que un día, nos aventaron una bolsa con talco que casi le cayó en la cara al cantante, y él, con aires de AXL ROSE, respondió pintando dedo a nuestro público. Nos tuvimos que salir rápido por atrás porque algunos de ellos se ofendieron y ya venían por nosotros al escenario.

Un día, me decidí a hablar con mi padre. Tenía una situación en contra, desde pequeño tartamudeo cuando estoy por decir algo importante o cuando soy el centro de atención. Me acerqué al comedor donde mi padre cenaba. Inhalé. Olvidé lo planeado y salió una frase desinflada, que sonó como el tono torcido de un trompetista al que su mamá llevó arrastrando a la primer clase:

Papá … quiero ser musc profsnalll.

Mi papá se llevaba una sincronizada a la boca, y atrás mi hermano estaba viendo en Showtime una película de Van Damme justo en la escena donde el chino le avienta un polvo y lo deja ciego. Al momento en que van Damme hizo su cara de estoy perdido, mi padre le pidió que bajara el volumen. El Rober le bajó de mala gana y me miró con cara de ya verás cabrón. Mi padre tomó unos incómodos segundos en terminar de masticar.

-¿Que quieres ser queeé?

-Quiero ser … músico profesional.  

Mi papá me explicó todos los detalles sobre por qué esa NO era una carrera adecuada para mi futuro y sobre los sacrificios hechos hasta este momento para pagar mis colegios bilingües. Si algo había ganado mi padre trabajando desde los 15 años y pagando su carrera de abogado, era elocuencia.

Estaba perdido. Al no tener palabras que me asistieran, busqué los ojos de mi madre, pero tenía su mirada al suelo, como diciendo tu padre tiene razón.  Según averigüé después, mi madre alguna vez quiso ser bailarina, y tenía talento, pero tenía que aportar dinero para compensar la ausencia de mi abuelo, y dejó de lado sus sueños. Me imagino que la foto de su infancia en vestido de ballet que guarda en una caja de zapatos, es más importante de lo que pensaba.

Di un paso atrás.

Caminé derrotado a mi cuarto.

El Rober, después de ver esa penosa exhibición, hizo una mueca burlona como diciendo Ah, pendejazo. Esa noche no hubo bajo. Me acosté en la oscuridad dando vueltas, hasta que mi padre se apareció por la puerta. Abrí los ojos sin que él me viera.  Mi reloj digital marcaba con sus letras rojas las 11:10. Esa imagen del reloj al frente y su silueta contra la luz del pasillo quedó registrada en mi memoria para siempre.

Seis meses después, en Navidad, de una manera inesperada, mi padre me obsequió, envuelto en un estuche negro con moño azul, el bajo que hasta la fecha conservo: un Thunderbird IV, el Thunder. Mamalón. Aunque no entendí que me regalara eso después del episodio del verano anterior, le dí un abrazo, mientras mi madre sonreía.  Era un maravilloso instrumento, de lo mejor que podías encontrar.

Y aunque hubiera sido el instrumento más barato, hubiera sido el mejor regalo de mi vida.

2001-2002, una carrera real

Existen dos tipos de soledad, y una de ellas arde. En la primera puedes estar solo durante días sin tener una sola llamada o alguien que toque a tu puerta, puedes ver el techo por varias noches y no escuchar más que tu respiración, y hasta te puedes carcajear solo al recordar alguna payasada. En la otra, puedes estar rodeado de gente en un cuarto ruidoso donde todos saben tu nombre y sonríen, pero sabes que tienes un incendio adentro, y cuando intentas decirle a alguien, no puedes. Esto sucede, a veces, cuando estás en un lugar al que no perteneces.

Al terminar la prepa, la carrera que elegí estudiar en la mejor universidad privada del país fue comercio internacional, porque podía hablar muy bien inglés, y porque desde hace años se hablaba de la posibilidad de un gran futuro gracias a la globalización.  

Era el inicio del segundo semestre, y me sentía miserable, como si los colores de mi interior se hubieran despintado. Caminando por un pasillo de las aulas en un día nublado, ví un poster: Taller de composición musical para aficionados. Empecé a ir, usando como pretexto trabajos escolares. El encargado era un profesor de planta, soltero, canoso y de pelo y barba descuidada, que también impartía Elementos Finitos a ingenieros. En otras palabras, un maldito genio.  Después de varios sábados aprendiendo, empecé a garabatear frases en cualquier libreta o servilleta.  Después, durante el día, o la noche, o la madrugada, llegaban a mi mente los acordes correctos y la melodía.  Podía terminar la primer versión de una canción en unos días.

Me dí cuenta que aunque nunca podría hablar tan bien como mi padre, tenía una voz.

Una noche, estaba terminando un proyecto con mi hotmail abierto, y cuando iba a apagar para dormir, escuché el sonido de correo nuevo. Era El  Hormiga, y tenía un texto corto pero inquietante: VENTE A TIJUANA MEN, HAY CHAMBA.  No le respondí.

Unos días después llegó a la casa la hoja de calificaciones parciales, con dos materias reprobadas. Mis papás me llamaron a sesión en el comedor. Me preguntaron:

-¿No puedes ser más responsable, como tu hermano?

El chingado Rober, que ya había terminado con honores la facultad de derecho, entró en ese momento a la casa, regresando de su trabajo en un reconocido despacho. Se sentó a la mesa, y se aflojó la corbata, mientras yo apretaba mis labios en silencio. Después de escuchar regaños por unos segundos más, Rober dijo:

-Pero papá, ¿Qué tal si él no quiere ser Licenciado en Comercio?

Hasta ese entonces Rober y yo habíamos sido como agua y aceite, y ese fue un gran gesto de su parte.

Mi padre manoteó en la mesa con fuerza:

-¿Y entonces porque estamos pagando esta universidad cara?

-¡Porque ustedes me obligaron!- contesté impulsivamente.

Fue una acusación injusta, pues en realidad fui yo el que nunca hizo más intentos de convencerlos.

-Pues acabas el semestre y ya luego veremos, pero desde este lunes en tus ratos libres te vas conmigo al trabajo- finalizó papá.

Di un paso atrás.

Regresé a mi cuarto.

Estuve unos días en la oficina de mi papá, acomodando papeles y cargando cajas al archivo muerto en el sótano. Una mañana mientras movía varios libros de contabilidad viejos del rincón del sótano, se deslizó una hoja al piso. Era amarillenta, parecía tener más de 20 años. Tenía un escrito con la letra de mi papá, alcancé a leer la primer frase:

 

Recuerdo cuando murió de hambre el tío juan,

decía que ni se acordaba de comer y que no había problema.

 

En ese momento me llamó papá y guardé la hoja para verla más adelante. Al llegar a casa la puse en mi cajón del buró.  

Pocos días después, mis papás salieron a una cena de Rotarios, y me quedé con el Rober. Entró a mi cuarto -algo inusual- y me preguntó cómo estaba. Por alguna razón, tal vez porque necesitaba hablar con alguien, le platiqué mi lado de la historia, lo del taller de composición, y hasta del correo de Hormiga. Me pidió que le mostrara algo de lo que había compuesto. Al inicio me intimidó la idea, pues era la primera vez que enseñaba algo que yo había creado. Saqué el pequeño sintetizador, y “canté” una canción -mi voz no es mi mejor atributo pero suele ser suficiente para algunos coros-. Cuando terminé, Rober se quedó en silencio. Tenía una expresión que no entendí.

Me paré, dí un paso atrás, y solté un burdo:

-Si te burlas te rajo la madre.

-No, no, nada de eso. ¿Tú lo hiciste?- preguntó, serio.

Asentí.

-¿Nadie te ayudó?

Negué.

-No sé qué decirte. Es realmente bueno. ¿Realmente quieres irte a Tijuana?

Dudé un segundo.

-Creo que sí- respondí al final.

Nos fuimos a dormir.

Al día siguiente, a la hora que me preparaba para salir con mi papá, alguien tocó la puerta, e inmediatamente deslizó un sobre por debajo. El sobre decía SSHH. Lo abrí.

El Rober me había engañado, era un salvador que se había disfrazado de idiota por muchos años.

Toda la mañana con mi papá estuve sudando, alterado.  Esa noche, antes de dormir, hice una pequeña maleta, tomé mi bajo, recordé la nota del sótano y, por alguna razón, la puse en mi pantalón. De madrugada me levanté, listo para mi plan. Al cruzar el pasillo, hice un alto en el cuarto de papás y me asomé a verlos. Estuve unos segundos viéndolos en silencio, desde la puerta, como lo hacía mi padre conmigo. El roncaba ligeramente, acostado de lado, y mi madre dormía boca abajo. Sentí un fuerte impulso por abortar el plan, pero al final salí por la puerta trasera de mi casa. Caminé unas cuadras, tomé un taxi y subí al primer camión a Tijuana, que pagué con parte de los setecientos pesos que Rober me dejó en el sobre. En el camión, dormité un momento, y de repente desperté y estaba a la mitad del camino.

Abrí la nota.  

 

… recuerdo cuando murió de hambre el tío juan

decía que ni se acordaba de comer y que no había problema

 

…. y cuando finalmente pasó el camión municipal a llevárselo

el tío juan parecía un pajarito

 

… porque el tío estuvo cantando pío-pío todo el viaje hasta el crematorio municipal

y a ellos les pareció un irrespeto y estaban muy ofendidos

y cuando le daban un palmetazo para que se callara la boca

el pío-pío volaba por la cabina del camión y ellos sentían que les hacía pío-pío en la cabeza

 

tío juan era así, le gustaba cantar

y no veía por qué la muerte era motivo para no cantar

entró al horno cantando pío-pío, salieron sus cenizas y piaron un rato

y los compañeros municipales se miraron los zapatos grises de vergüenza …  

 

Después, investigando en internet, supe que eran fragmentos del poema Sobre la poesía, del escritor argentino Juan Gelman. Le faltaban algunos versos y el párrafo final. Me sentí intrigado de que mi padre, el hombre de las respuestas, de la estructura y del trabajo constante, en cierto momento de su vida, escribiera partes de este poema en un cuaderno. ¿Qué pensaría de ellas? ¿Qué lo harían sentir? ¿Qué estaba pasando en su vida cuando las escribió?  

2002- 2005, Tijuana

El Hormiga, como buen conector de gente, tenía en Tijuana una red de amigos que lo ayudaban a cualquier cosa. Compartí con él y otros músicos un depa sencillo pero suficiente, donde humanos y cucarachas peleaban por la supremacía del lugar.  Pronto tuve tocadas tres días a la semana en antros que pagaban lo mínimo para salir adelante. Después de meses, empecé a sentirme más cómodo con un grupo de cuatro: el confiable Hormiga en la guitarra, el Peppo, vocalista alto y delgado, de autoestima descontrolada y cabello hasta los hombros, y el William, baterista nacido en California de madre mexicana y padre americano, de barbilla de chivo, hipocondriaco y pesimista, pero que sabía hacer girar las baquetas entre sus dedos como toda una estrella.  Nos empezamos a llamar Los Parcos y a cobrar cada vez mejor. Sólo tocábamos covers,  y aunque yo seguía componiendo, nunca les mostré lo que  hacía.

Mis padres no hicieron intentos de que yo volviera. Creo que estaban esperando a que me diera contra el suelo y regresara solo, arrepentido.

Pasaron casi tres años, y eso no sucedió.

Mi comunicación con papá se cortó completamente durante todo ese tiempo. Al inicio, el Rober fue el único enlace con lo que sucedía en casa. Yo iba al café internet de la esquina en las noches y platicábamos por messenger. Me decía cosas como lo genial que era su nueva novia, que mi papá había sido elegido presidente de los Rotarios, y en general de lo que sucedía en nuestra ciudad -no mucho francamente-. Hablábamos más que cuando estábamos uno al lado del otro separados solo por una pared. Un día a los dos meses de mi partida, él me llamó desde su Nokia, y me pasó a mamá y después de eso, hablé con ella una vez por semana. El Rober le dejaba su celular para que ella pudiera llamarme sin que papá se enterara.

A los dos años de mi partida Rober fijó fecha para su boda. Rober y yo hablamos por fin de la posibilidad de reunirnos todos para la boda, pero encontré algunas excusas estúpidas para no ir. Después, le prometí, nos reuniríamos con más calma. La verdad es que yo no estaba listo para enfrentar a papá aún. Poco después tuvo una beba a la que llamó Elisa. Me mandó fotos por hotmail, era preciosa.

Aunque yo creía que las cosas fluían bien en Los Parcos, en realidad había una lucha de egos que yo nunca advertí; entre Hormiga con su habilidad de manager y conector, y Peppo con su ego y su apariencia de estrella. Las cosas habían escalado lentamente. Un sábado, después de casi 30 meses juntos, tocando en un antro del centro de Tijuana abarrotado, Peppo tuvo un accidente vocal, un espantoso gallo en una nota alta, y Hormiga hizo un gesto como de aturdido. Peppo lo notó y se fue a los golpes con el Hormiga a medio concierto. Peppo, alto pero ñango, no aguantó el un-dos de Hormiga, bajito pero correoso. Peppo salió del escenario, humillado, y el William y yo seguimos tocando unos segundos frente a todo mundo con cara de idiotas, hasta que detuvimos y nos bajamos del escenario.

Ese fue el fin de  Los Parcos.

William nos dijo a los pocos días, que como todo había terminado, estaba listo para regresar con sus padres, al lavado de coches en Sacramento. Yo no estaba dispuesto a aceptar algo así.

En ese momento decidí sacar una caja de mis demos, mis composiciones, y mostrarlas a Hormiga y William.  

2005, Tiempo de cruzar

-Vamos a necesitar un cantante -nos dijo el Hormiga en un café de Tijuana al día siguiente-. Pero tengo un plan -dijo cerrando el ojo-. Ahora que ví que puedes componer -dijo señalándome-, las posibilidades del otro lado son mucho mayores. Tenemos que irnos a San Diego. Mi inglés es mediocre, pero eso no es importante. William es mexicoamericano, y tú -me mira-, estuviste en esa escuela sin alma, pero bilingüe, así que espero que puedas componer algo en inglés.

-Puedo intentarlo – respondí.

-Pero, ¿y el cantante? -preguntó William.

Hormiga cruzó las piernas viendo al horizonte.

-¿Saben? Creo que tengo justo a la persona -nos dijo-. Nació en Los Angeles y ahora vive en San Diego. Está buscando en internet un grupo que no busque dinero rápido, pero que sí le ponga una chinga al trabajo. En otras palabras, está buscando mexicanos.

Así que cruzamos a San Diego, conocimos al Chris, quien hablaba inglés y un poco de español. Le mostré todas mis composiciones y le gustaron. Ensayamos un par de veces y la química de los cuatro fue inmediata. Chris aceptó unirse. Necesitaríamos empezar desde cero, con canciones en inglés, para llegar al mercado anglo, como planeaba el Hormiga. También nos faltaba un nombre, y en una lluvia de ideas, donde afortunadamente nadie ofreció su apellido, yo pedí que fuera ON THE BASEMENT  -EN EL SÓTANO-, en honor a la nota que había encontrado de mi padre. Mi propuesta fue la elegida.  Ellos no supieron el motivo exacto del nombre, pero les gustó.

El camino que nos llevó a ser un éxito en la radio en California y el resto de Estados Unidos fue vertiginoso y lleno de fortuna. Un día, me puse a jugar con unos acordes mientras tomaba una cerveza, Chris se unió y pusimos las bases de un sencillo que grabamos en un CD, que vendíamos al final de nuestros conciertos. Un promotor que conocía a la gente apropiada, lo escucharía  y nos daría la oportunidad de grabar un EP en un estudio de primera, en Los Angeles. Después, se dió uno de los fenómenos virales más interesantes de ese año, y fuimos reconocidos como el primer grupo mexico-americano de rock que tenía un éxito en la radio anglosajona.

Hay grupos que en 20 años no tienen tanta suerte y a nosotros tomó unos meses solamente.

Y aún habría más.

Un domingo pasadas las once de la mañana, mientras dormíamos en nuestros colchones en el piso, sonó el teléfono y contestó el William. Lo escuchamos hablar desde el siguiente cuarto por unos segundos, y regresó con nosotros, con los ojos enrojecidos y tembloroso. Pensamos que ahora sí, algo malo le había pasado al eterno pesimista.

-Nos están invitando a tocar en el Festival COACHELLA.

2005, preparando el concierto

Los siguientes meses nos dedicamos a ensayar frenéticamente. Creíamos que teníamos muchas horas de vuelo en escenario, pero nos dimos cuenta que realmente no. Esto era REAL. Nada nos había preparado para esto.

Cinco días antes del concierto, un día lluvioso en que estábamos comiendo maruchans después de ensayar, entró una llamada para mí. Era el Rober, y Elisa en el fondo, llorando, no dejaba que se escuchara su voz. Salió del cuarto donde estaba y lo escuché mejor.

-Papá chocó hoy en la mañana. Está muy grave. Tiene trauma en el cráneo y están tratando de estabilizarlo, pero el doctor no es optimista.

No lo podía creer. Llamé a todos a la cocina, y les dije lo que pasaba. Después de un silencio, el Chris me dijo:

-Debes ir con tu familia, buscaremos quien entre por tí.

-A tu regreso seguro habrá más conciertos- añadió Hormiga.

De inmediato llamé a la aerolínea para preguntar el costo del vuelo, el cual era el triple que un vuelo normal, y quedaban sólo dos asientos vacíos. No tenía dinero suficiente en mi tarjeta, y si colgaba podría perder la oportunidad. En ese momento se acercó Hormiga, quien había estado escuchando la conversación, y me aventó su tarjeta de crédito sobre la barra de la cocina. Lo miré diciendo gracias con un movimiento de la cabeza, conmovido. Él levantó el pulgar. Saldría en la mañana del día siguiente, martes. Hice una maleta apresuradamente, y una vez más, decidí llevarme la hoja del poema, que había guardado todo ese tiempo en mi clóset. Si mi padre mejoraba, hablaríamos de muchas cosas, finalmente le preguntaría sobre ella.

El viaje fue el más largo de mi existencia, seis horas entre esperas y vuelos. Llegué al hospital, subí al elevador y recorrí el pasillo blanco y frío del hospital.  Al final, de pie junto a la puerta del cuarto, estaba Rober esperándome.

Di un paso atrás.

Se acercó a mí, me extendió los brazos y entendí todo. No llegué a tiempo.

Entré a la habitación conteniendo la respiración, mi madre estaba al lado de la cama de papá, corrió a abrazarme. La solté después de un rato y caminé hacia él. Tenía apenas unos minutos de fallecido, y habían pedido a los enfermeros que me esperaran para verlo. Parecía que dormía en calma. Le dí un beso en la frente, esperando que una parte de él estuviera ahí aún, y que lo hubiera podido sentir.

Por esperar a que llegara un día la oportunidad perfecta para hablar con él, nunca la tuve.

Durante la misa, no pude quitar la vista de sus manos sobre el pecho, que parecían de papel. En el entierro, antes de que cerraran y bajaran el ataúd, toqué por última vez el vidrio que nos separaba, y le dejé la marca de mis dedos. Agradecí en silencio el camino que me ayudó a recorrer, y las noches que seguramente estuvo pensando en mí antes que él. Mamá, Rober y yo nos abrazamos mientras lo bajaron lentamente, y un grupo de amigos de él nos rodeaban en círculo.  Cargué a Elisa durante parte de la ceremonia y no dejó de mirarme apretando los labios.

Dormí esa noche con mi mamá, y la casa aun se sentía como que papá estaba ahí. Sobre su buró estaban sus lentes de lectura, sus libros, su periódico de dos días antes. 

Al día siguiente, llegó Rober a desayunar con nosotros, lo acompañaban Elisa y su esposa. A medio desayuno, el Rober me pasó una hoja. Deja vu. Era un boleto de vuelo para salir esa misma noche, haciendo escala en Guadalajara de madrugada, y luego otro vuelo a la tarde a Los Angeles, para un último vuelo a Palm Springs, a media hora del lugar del concierto.

-No es la ruta más directa, pero es lo mejor que pude conseguir ahora.

Llegaría a dos horas del concierto. Lo abracé y le prometí que lo pagaría. Elisa hizo un ruidito soplando con los labios.

2005, Últimas 12 horas

Esa noche en el aeropuerto, dimos una lenta caminata hacia las salas de abordar, le dí abrazo a Rober, un beso a mi cuñada y Elisa, y al abrazar a mamá, ella se hizo toda lágrimas y temblores. Dí la vuelta y justo al llegar con el señor que checa los pasaportes, eché un vistazo atrás. Rober sostenía a mi madre con un brazo sobre sus hombros. Mi mamá se soltó del abrazo y caminó hacia adelante. El guardia me dijo:

-Señor, su identificación.

Había gente esperando detrás de mí, así que me salí de la fila y me acerqué lo más que me dejaron las bandas de seguridad amarillas. Ella también se acercó lo más que pudo y gritó:

-¡Quiero que seas el músico más chingón de todo el festival!

Parte de la gente de alrededor la volteó a ver, yo quedé sorprendido y al final asentí con la cabeza, sonriendo.  Dí la vuelta, para seguir con mi camino. Ya una vez que había pasado el filtro, escuché otra vez su voz:

-¡Y quiero ver un video, que alguien te grabe!

Pasé el filtro y subí por la escalera eléctrica. Subí al avión y llegué al asiento 37D que le toca a los que compran los boletos hasta el último momento. Al inicio del vuelo, saqué la nota del sótano.

Completé con mi letra el párrafo final que le faltaba, el final del poema.

Después tuve un par de sueños breves y tristes con la quijada recargada sobre el pecho, a bordo de los lápices plateados que atravesaron bolas de algodón por cinco horas. Desperté, tallé mis ojos y caminé por el pasillo junto al resto de la gente despeinada, y llegué al túnel, que finalmente me escupió en otro aeropuerto, en otra ciudad, en otro país. Recogí mi maleta y esperé unos minutos en una fila por un taxi que manejó un tipo que no dejó de hablar por el celular en idioma desconocido. No dejé de ver mi reloj. Faltaba una hora. Empecé a sudar, pensando que tal vez no llegaría a tiempo, pues los festivales suelen tener variaciones de horarios.

 

 

2005, de regreso al momento actual

Al final,  llegué aquí, sudoroso y agitado, pero a tiempo.

Mis tres compañeros me recibieron con condolencias y abrazos, pero aliviados. Tenían al reemplazo listo, pero ellos sabían que no sería lo mismo. Media hora más y no hubiera alcanzado. 

Está la banda completa.

Me levanto de la silla. Mi corazón late y se siente como pisadas de un percherón en mi pecho, en mis muñecas y en mi frente. 

Mientras sigo viendo al espejo rodeado de focos, llega un tipo con micrófono de diadema, y nos hace seña de que lo sigamos. Es la hora. Levanto mi Thunder, y pasamos al pasillo oscuro, lleno de humo.

Nos detenemos un momento. Hormiga, William, Chris y yo, nos miramos, entre sombras y luces, incrédulos. William hace un gesto de reflejo de vómito. Le pongo la mano en el hombro, tratando de tranquilizarlo.  Se calma.

Nos piden seguir avanzando. La canción que ya suena y que nos dará la entrada al escenario es de Arcade Fire, Wake up.

En pocos segundos llegan muchos recuerdos. El brillo del sol sobre el bajo del papá de piedras. La cara de Van Damme gritando. Mis padres durmiendo antes de salir a Tijuana. El profesor de composición con su pelo revuelto. ¡Ah! Recuerdo también a quien en este camino rompió mi corazón, pues ¿de qué otra manera habría escrito mi parte de la canción que nos trajo aquí? Pero no hay tiempo para recordar su historia, solo deseo que ella esté bien.

Una pantalla letras rojas de LED, que anuncia las salidas de grupos al escenario, muestra:

ON THE BASEMENT. A su lado está la hora: 11:10.

 

 

Doy un paso atrás.

Siento la presencia de mi padre como cuando se asomaba en la puerta.  Es una bendición.

Toco en mi bolsillo la nota de mi padre, el poema de Gelman, y recuerdo la frase final, la que yo mismo completé:

 

lo lindo es saber que uno puede cantar pío-pío

en las más raras circunstancias,

tío juan después de muerto,

yo ahora

para que me quieras.

 

Vuelvo a alcanzar a los demás. Nos abren la cortina. Aparecen las escaleras. La luz y el estruendo de la gente se hacen diez veces más potentes.

Subo los escalones detrás de mis compañeros, me detengo a un escalón del escenario.

 

Respiro.

 

Y doy un paso adelante.

 

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